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sábado, julio 18, 2026

Por qué se quema España

«Del monte en la ladera, por mi mano plantado tengo un huerto». Escribió fray Luis de León hace más de cuatro siglos, cuando la mejor vida imaginable era la que huía del «mundanal ruido» para refugiarse en la ladera, entre árboles plantados con paciencia. Hoy esa misma ladera arde. Y arde con una intensidad que ya no admite la coartada del «siempre ha habido incendios en verano».

Las cifras son tozudas y desmienten cualquier tentación negacionista. A principios de julio de 2026, España había superado las 50.000 hectáreas calcinadas, según el registro del Ministerio para la Transición Ecológica; el sistema europeo Copernicus (EFFIS) elevaba la cuenta por encima de las 57.000. Sea cual sea la fuente, el veredicto coincide: el fuego ha quemado ya el doble que en las mismas fechas de 2025. Donde el año pasado se contaban seis grandes incendios —los que devoran más de 500 hectáreas de una sola dentellada—, este verano van quince. No es una mala racha estival. Es una escalada.

Conviene además mirar el mapa completo de Europa, porque ahí el dato español resulta especialmente incómodo. Nuestro país concentra el 35 por ciento de toda la superficie forestal arrasada en la Unión Europea y encabeza, con más de trescientos focos, el ranking continental de fuegos, muy por delante de Francia. No es que Europa entera arda por igual y a España le toque su parte proporcional: es que España arde más, y más rápido, que sus vecinos. Y esto ocurre después de que 2025 fuera el año más destructivo del que hay registro en la UE, con más de un millón de hectáreas convertidas en ceniza. El fuego no ha llegado de visita: se ha instalado.

A quien todavía sostenga que el clima no tiene nada que ver, habría que recordarle que la ciencia ya no discute el diagnóstico, solo la magnitud. Los expertos coinciden en una combinación letal: temperaturas récord, sequías cada vez más prolongadas y una vegetación que se seca antes y arde mejor. Sobre ese suelo abonado por el calor prende la segunda causa, tan española como olvidada: el abandono del monte. Los territorios que pierden habitantes son, precisamente, los que registran mayor superficie quemada. Donde antes había pastores, ganado, huertos y ese paisaje en mosaico que fray Luis plantaba «por su mano», hoy hay matorral continuo, combustible acumulado durante décadas de silencio rural. La España vaciada no solo se despuebla: se convierte en yesca.

Es tentador, para el negacionista, escoger uno de los dos relatos y descartar el otro. Si el problema es la gestión del monte, dirá, entonces el clima es una excusa; si el problema es el clima, entonces poco puede hacer un alcalde y los vecinos con una desbrozadora. Pero ambos relatos son lo mismo. El calentamiento alarga y endurece la época de peligro; el abandono rural retira las manos que durante siglos mantuvieron el bosque a raya. Negar uno para no enfrentar al otro es, sencillamente, mirar el incendio y discutir sobre la cerilla.

Frente a ese diagnóstico, las administraciones autonómicas han reaccionado, y conviene reconocerlo. Andalucía ha reforzado su Plan INFOCA con 271 millones de euros, un cinco por ciento más que el año pasado, y ha estrenado una Unidad de Fuego Técnico que emplea el fuego controlado como herramienta preventiva. Madrid mantiene activado todo el año su plan INFOMA, con más de 52 millones destinados a esta campaña. Castilla y León ha aprobado su plan anual INFOCAL, y el Estado ha desarrollado por real decreto medidas de coordinación entre comunidades. Son pasos en la dirección correcta para apagar. Pero llegan tarde y, sobre todo, siguen concentrados en apagar más que en evitar. Un país que invierte fortunas en hidroaviones y apenas céntimos en pastores,  está confesando, sin querer, que ha renunciado a la prevención porque parece que no les importa prevenir y solo invierten en lo que políticamente les puede suponer un alivio, compramos arreglos no soluciones.

Volvamos a fray Luis, porque su huerto en la ladera no era un capricho literario: era una manera de estar en el territorio, de habitarlo y cuidarlo. Aquella «escondida senda» que celebraba el poeta la hemos dejado que la trague el matorral. Y el monte, cuando se le olvida, no perdona: devuelve en agosto lo que no se le dio en invierno. España no arde por casualidad ni por fatalidad. Arde porque el clima aprieta y porque hemos soltado la mano que sostenía el paisaje. Reconocerlo no es alarmismo: es la única forma de que la ladera de fray Luis vuelva a cubrirse «de bella flor» en lugar de humo.

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