¿En qué momento la educación post-obligatoria se ha convertido en un privilegio y no en un derecho?

En un intento de pensar y reflexionar sobre lo que estoy viviendo me he dado cuenta de que la Universidad no me ofrece lo esperado y no es que yo tuviese las expectativas demasiado altas.

Son las nueve de la mañana cuando el profesor entra en clase, coloca sus materiales sobre la mesa, enciende el ordenador –que por norma general no tienen ni idea de cómo funciona un mísero PC y, recuerdo que, estamos en 2016. Hace más de 10 años que los ordenadores se normalizaron-, manda callar a las lenguas que se mueven demasiado rápido creando bullicio a “primera hora” de la mañana y, procede a estar tres horas, con una pequeña pausa de diez minutos, hablando únicamente él. Eso sí, haciendo preguntas retóricas constantes ¿Todo correcto? ¿Lo habéis entendido?

Aún recuerdo el día en el que una compañera se aventuró a contestar a una de esas preguntas y reproduzco la conversación entre alumna-profesora en medio de un silencio atroz entre el resto de alumnos:

  • ¿Se ha entendido?
  • A mí no me ha quedado claro.
  • Pues búscalo en el manual, que para eso lo tienes.

Y aún tengo que aguantar que una señora profesora me recuerde en cada clase que imparte que soy una auténtica privilegiada por estar en su aula.

No señora, no. Yo no soy ninguna privilegiada porque la educación es un derecho que todos deberíamos disfrutar sin distinción alguna, la educación es pública y no deberíamos pagar las tasas universitarias que pagamos ni comprarnos los libros o manuales que ustedes desean porque tienen un convenio con la editorial o con la fotocopistería de la facultad.

Cada vez que subo las escaleras hasta el aula que tengo asignada me hago la misma pregunta: ¿qué demonios estoy haciendo aquí?

Estoy perdiendo el tiempo escuchando a un puñado de personas que se labraron un título hace más de veinte años y se limitan a reproducir sus conocimientos –los aprendidos en el entonces-. Los profesores no se están adaptando al día a día. Los profesores –la mayoría en mi caso- tienen trabajos extra-universitarios a los que, estoy segura, dedican mucho más tiempo.

Y no sólo quiero hacer una crítica a los distintos profesores que me han intentado enseñar algo durante tres años de carrera, no. Es una crítica al sistema, éste que permite que un profesor no se actualice, que no tiene en cuenta las críticas de los alumnos y de la sociedad en general. El sistema está desactualizado y no nos hace aprender –y mucho menos reflexionar o pensar.

Los alumnos nos hemos sometido desde los tres años a un sistema educativo que nos disciplina para sentarnos frente a un profesor el cual, en la mayoría de los casos, no atiende a dudas y sugerencias pues su principal objetivo es cumplir el temario que pertenece al programa educativo que se le ha impuesto.

Este mismo sistema educativo ha conseguido instruirnos como ordenadores, sin caer en la cuenta de que no lo somos.

Cuando marcamos una cita en el calendario en color rojo supone que hay un examen ese día, por lo que estamos el tiempo que cada uno considera necesario recibiendo información para que a la hora de sentarnos en la misma silla que hemos calentado durante las seis horas de clase mientras atendíamos al profesor; llevemos a cabo la orden de copiar la información del libro de texto y pegarla en una hoja en blanco.

Cuando salimos del aula recibimos un último mensaje: “Hay demasiado texto en el portapapeles, ¿desea conservarlo?” Y sin pensar ni tan siquiera un minuto, mentalmente hacemos clic en la casilla que señala “No”.

No es culpa de los alumnos no querer recordar la información, es culpa del sistema que nos obliga a olvidarla para poder presentarnos al siguiente examen.

¿Qué critico de ello? Que ni al profesor ni mucho menos al sistema le importa que el alumno esté pasando una mala época, esté entrando en un circulo depresivo o, simplemente, el día del examen se haya despertado enfermo. Lo que importa es que en las notas figure, como mínimo y sin expectativas de recibir una beca, un aprobado. Simple y conciso.

El sistema educativo –como muchos otros sistemas- está corrupto y no se adapta a las necesidades de los alumnos, éstos que tienen el derecho de recibir una educación pública y de calidad que llevan añorando desde antes de tener uso de razón.

Marie Emebe.